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Profesor de econometría en la Universidad Complutense. Bloguero y tecnófilo.

domingo, 20 de noviembre de 2011

Eurobricolaje (II): Tazas para zurdos

En esta ocasión no seré yo quien les entretenga, sino mi querido amigo Elías Ramos, quien hoy nos trae dos preciosas historias sobre cómo abordar las dificultades de nuestra maltrecha Unión Europea. Tratan sobre lo que a veces cuesta ver lo obvio. Sobre lo difícil que es repartir de forma equitativa. Sobre lo importante que es la generosidad. Muy especialmente nos explican  - y con esto termino -  el enorme valor que tiene el pensamiento lateral para abordar los problemas más difíciles.

Espero que esta breve presentación haya conseguido intrigarles. Antes de que la intriga se convierta en aburrimiento, le cedo la tribuna a Elías:

Me invita mi buen amigo Miguel Jerez a participar en su blog. De la experiencia de trabajar juntos probablemente haya visto en algún momento que, en el mundo de la comunicación, una profesión tan subjetiva y cualitativa, hay que tener algo de arbitrista para abordar problemas aparentemente irresolubles, aunque desde una óptica muy distinta a como las afrontaría un económetra tan reputado como el profesor Jerez.

Le venía dando vueltas al tema de la deuda, que tanto amarga a españoles y europeos, cuando en una amigable charla se me ocurrió adelantar mis ideas sobre la solución, muy ligada, por resumir, al nacimiento de una nación llamada Europa. Le di forma y, como artículo, lo envié a mis amigos de Know Square para su publicación. Al fin y al cabo, pensé, es un tema relacionado con la gestión de una situación de crisis.

Días después me intercambio correos con mi admirado Sixto Jiménez que, como CEO de una empresa Navarra, nos revolucionó  – a la gente de la prensa económica –  allá por la mitad de los años 80 y tiene el detalle de enviarme un artículo escrito por él en Ekoberri en el mes de julio pasado. El título, “Una cena para salvar la Unión Europea”, se refiere a la reunión que tuvo lugar el 20 de junio de 1790 entre Jefferson, Madison y Hamilton, entonces encargado de las finanzas del joven Estado americano, para tratar de solucionar una crisis de deuda tan aparentemente irresoluble como en la que estamos metidos.

El profesor de Harvard Mark J. Roe también recuerda la reunión en un artículo publicado un mes después en Business Standard bajo el título de “America's first debt crisis”. En esa cena se encontró la solución, que consistió en que el Estado Federal se hacía cargo de la deuda de los diversos estados y allí se fraguó el nacimiento de una nación, la más vigorosa en muchos aspectos, desde hace más de doscientos años, y el sitio donde se ubicaría la capital que bautizarían con el nombre de Washington.

Independientemente de que me encanta coincidir con los profesores Jiménez y Roe, la lectura de ambos artículos me hizo recobrar la ilusión de constatar cómo ideas sencillas solucionan grandes problemas, muy típico en comunicación. Digo esto porque un amigo me dio la solución para ver fácil una cuestión que no viene al caso, pero que sirve para ilustrar el tema:

Le contaba el problema en el café de sobremesa y mi amigo llamó al camarero y le pidió que le cambiara la taza, porque tenía el asa a la derecha y él era zurdo. Me quedé sorprendido y también el camarero que, más rápido que yo, esbozó una sonrisa y giró 180 grados la taza. Naturalmente, le dejé una buena propina porque resolvió mi problema. Todo era tan sencillo como pensar en una solución desde un punto de vista diferente y el lo tenía, porque estaba de pie y nosotros sentados. La altura hace mucho en estos casos.

También lo piensa y escribe Sixto Jiménez aunque aquí la altura la mide en inteligencia de los líderes. Y lo ilustra con otra sencilla historia en el artículo al que hice referencia unos renglones atrás:

Un padre tiene que repartir 17 camellos entre sus tres hijos; al primero le toca la mitad, al segundo la tercera parte y al tercero el resto. Como la división no sale exacta busca la ayuda del sabio del lugar, que les da la solución prestándoles un camello. Así al primero le tocan nueve; al segundo seis y al tercero dos. Sobra el que tienen que devolver al sabio.

La moraleja es sencilla: que nuestros líderes se sienten a cenar, que alguien les preste el camello que falta para cuadrar las cuentas y que giren la taza 180 grados cuando el asa no coincida con su mano más diestra, sea la derecha o la izquierda. Así habrá café para todos.

Postdata del Arbitrista.

Me pregunto cómo hubieran abordado nuestros europolíticos el problema de los 17 camellos. La señora Merkel seguramente hubiera puesto a dieta al rebaño, olvidando que un camello flaco se reparte igual que un camello gordo. El señor Papandreu quizá hubiera convocado un referéndum sobre la conveniencia de despedazar o no al rebaño, sin tener en cuenta que un animal completo es más útil que varios pedazos. En cuanto al señor Berlusconi ... ¡prefiero no especular sobre qué hubiera sido capaz de hacerle a los pobres bichos!

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