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Profesor de econometría en la Universidad Complutense. Bloguero y tecnófilo.

lunes, 25 de junio de 2012

El rescate: “Dame mi real, dame mi real, d…”

El Arbitrista:

Hoy vuelve a estar con nosotros Elías Ramos, quien va a contarnos una genial fábula que, no sé a ustedes, pero a mí me parece plenamente aplicable a la singular situación que nos ha tocado vivir.

No me enrollo más. Con ustedes, mi buen amigo y Arbitrista consorte, Elías Ramos:

Elías Ramos:

Ya sé que esto del rescate es muy serio pero no deja de recordarme de un cuento que me contaba mi padre cuando era pequeño, que habla de acreedores y deudas. Trato de resumirlo. Un sastre le hace traje a un cliente potentado y éste, que tenía mas facha que dinero, estrena la prenda pero no la paga. Como todos los acreedores, el sastre no se conforma y persigue al deudor. Un buen día llega a su casa y se encuentra al cliente más tieso que una vela y metido en un cajón de madera con su traje.

El sastre no se rinde y, acompañando al cortejo fúnebre, no deja de repetirle al moroso: “dame mi real, dame mi real, dame mi real…” persiguiéndole hasta el cementerio y el mausoleo. Allí dentro y en la soledad del camposanto sigue con su particular letanía. Mala suerte la del sastre y también la del “alí baba” de turno que, con su banda, había dado un buen golpe y había escondido lo robado en el mismo sepulcro.

Ya de noche, los ladrones se acercan al cementerio con la intención de repartir el botín y el jefe manda a un compinche que investigue cómo está el entorno. Regresa demudado y sin habla. Cuando la recupera, solo es capaz de decir al jefe que una banda más grande ha descubierto lo robado y, peor aún, son tantos que solo tocan a un real. Naturalmente, los ladrones huyeron despavoridos.

El fino y deductivo profesor Jerez seguro que sacará más conclusiones pero les adelanto a las que yo he llegado: que muchos se han hecho trajes sin intención de pagarlos; que el sufrido sastre saldrá del sepulcro del hacendado sin su dinero y con la necesidad de seguir trabajando para comer; que muchos han visto la oportunidad de repartirse el botín, incluso con mayúsculas; que hay muchos rateros que buscan en los sepulcros; que como muera el deudor te quedas sin el real; que el dinero robado puede quedarse en el paraíso; y así, un largo etcétera.

Muchos se preguntarán si el sastre es la señora Merkel; otros harán cábalas sobre la identidad de los “ali babás” y otros, más jóvenes, buscarán en la Wikipedia qué es un real no vaya a ser que haya gato encerrado en la palabreja. Les adelanto que el cuento es de esos que se transmitían de generación en generación en una pequeña aldea de Galicia, en las largas noches de invierno, en los tiempos en que el citado real daba, por lo que se ve, para comprar un traje.

A lo mejor no hace tanto que podías comprar un traje con un real. Hace bien poco experimenté cómo una caña que costaba entre 80 y 100 pesetas pasó a costar un euro; un piso que costaba treinta millones de pesetas pasó a costar 300.000 euros. Todo mucho más barato porque, además, antes se ganaba 3.000 euros y ahora cien mil pesetas. Un chollo lo mires por donde lo mires.

Como he tenido hace poco una conjuntivitis bastante agresiva, a lo mejor es que veo la cosa de otra manera…

El Arbitrista:

Me temo que, por más que Elías me considere “...fino y deductivo”, la única conclusión adicional que puedo ofrecerles es la siguiente. Al final, a quien mejor le salieron las cosas fue al difunto moroso: disfrutó en vida de su traje, se fue al otro mundo sin pagarlo y, más aún, gracias al botín de los bandidos, se convirtió sin duda en el muerto más rico del cementerio.

A lo mejor piensan ustedes que esto último sirve de poco, pero lo cierto es que nadie ha vuelto para asegurarnos que así es.

2 comentarios:

  1. O sea que queridos amigos... Este debe ser el único caso en el que no se cumple lo de "el muerto al hoyo y el vivo al bollo".

    Vuestro amigo Paco

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    1. Estimado Paco,
      Ya decía que cada uno podía sacar sus conclusiones. Por mi parte siempre pensé que cuando al sastre le empezaron a sonar las tripas decidió seguir su letanía husmeando por el mausoleo por si habían dejado algún bocata y una jarra del vino del lugar como hacían los antiguos en casi todas las culturas. La costumbre ya había pasado pero se topó con el tesoro escondido y se dio por bien pagado. Incluso llegó a pensar en la honradez del finado que le había dejado las horas que había dejado de trabajar persiguiéndole, el sofocón que había pasado y los intereses.

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